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PREFACIO
En Cristo, Dios ha hecho con nosotros una alianza que hemos recibido
gozosamente, y en la cual hemos entrado mediante la fe y el bautismo.
En virtud de dicha alianza él es nuestro Dios, y nosotros
somos su pueblo. Esa es la alianza nueva y definitiva, establecida
por su Hijo Jesús mediante su sacrificio en la cruz; y
Dios nos ha llamado a expresar de manera concreta nuestra adhesión
a ella, como miembros de la Comunidad Árbol de Vida.
Por ello, en respuesta al llamado que Dios Padre nos hace de
entregarnos a él como hijos y seguir a Jesús como
discípulos, guiados por el Espíritu Santo y llenos
de él, con la presente alianza nos comprometemos a recorrer
juntos el camino de comunidad cristiana en forma responsable y
firme. En esta vida de comunidad él nos une con el vínculo
del amor y la fidelidad; y, dentro de la gran variedad de llamados
que existen en el pueblo de Dios, nos da un llamado y una tarea
particular: ser un pueblo en misión.
Al quedar unidos en nuestra respuesta al mismo llamado de Dios,
cada uno de nosotros se compromete a no abandonar esta alianza
de comunidad en forma autónoma, sino a considerar esa posibilidad
solo como algo que ha de discernirse comunitariamente con criterio
pastoral y en oración, cuando se presenten circunstancias
justas que hagan que la participación en la Comunidad Árbol
de Vida deje de ser posible.
Es con profundo gozo y gratitud, dándonos cuenta de la
sobrecogedora bondad de Dios al darnos esta oportunidad, que entramos
en la vida de este pueblo que Dios ha convocado. Aceptamos el
vínculo particular de alianza que Dios ha establecido entre
nosotros como comunidad, y expresamos públicamente esa
aceptación como individuos y como pueblo.
ALIANZA
Somos hijos de Dios, que nos ha creado y llamado; somos discípulos
de Jesucristo, a quien aceptamos como nuestro único Señor
y Liberador, fundamento de nuestra fe y centro de nuestra vida
comunitaria; somos templo del Espíritu Santo, que nos consagra
y nos da nueva vida. Por todo ello nos comprometemos a una vida
de continua comunión con el Señor, amándolo,
sirviéndolo y buscando su rostro por medio de la alabanza
y la adoración, la oración personal diaria, la lectura
asidua de la Palabra, y la apertura plena a la guía del
Espíritu y la multiplicidad de sus dones. Deseamos entregar
a Dios nuestra vida entera, seguir a Jesucristo, y vivir más
y más en el Espíritu Santo.
Nos comprometemos de corazón a permanecer unidos y solidarios
unos con otros en el amor, como manifestación específica
del Cuerpo de Cristo universal, del cual somos una parte. Nos
disponemos por tanto a poner en práctica el perdón
y la reconciliación, la negación gozosa de nosotros
mismos en el servicio a los hermanos, y la entrega de nuestra
vida para la edificación de la comunidad. Esto incluye
el compartir fraternalmente nuestras capacidades, nuestro tiempo,
dones espirituales y recursos materiales, y el comprometernos
al sostenimiento económico de la comunidad. Nos disponemos
con alegría a ofrecer hospitalidad a aquellos que Dios
envíe a nosotros, y ensanchar nuestros corazones para recibir
a aquellos que él añada a nuestro número.
Queremos así caminar en el amor, y vivir en la luz de la
verdad y la sinceridad.
Manifestamos nuestra mutua sujeción y la responsabilidad
que tenemos unos por otros como cristianos, especialmente mediante
una aceptación gozosa del servicio de autoridad que se
nos ofrece dentro de la comunidad. Nos comprometemos a apoyar
activamente y con sincera confianza la guía de los coordinadores
en la marcha general de la comunidad, al igual que la guía
específica que en nuestra vida personal nos brindan los
responsables pastorales y de servicio. Nos disponemos a tener
una actitud de apertura al discernimiento pastoral en la toma
de decisiones importantes. Nos disponemos, en fin, a respetar
y apoyar la estructura y el orden de nuestra vida conjunta. Nos
comprometemos a asumir una postura de humildad, iniciativa y participación
al ejercer los servicios a que nos llame el Señor en la
comunidad, de cuya vida y edificación todos nos sabemos
responsables.
Comprendemos que es Dios mismo quien nos ha constituido como
una comunidad consagrada a él, y que por consiguiente no
podemos conformarnos a las pautas y normas de un mundo alejado
de Dios. Debemos, por lo tanto, buscar continuamente el rostro
del Señor; aprender a reconocer su voz y creer lo que él
nos dice; y obedecer fielmente a la verdad de su Palabra y a la
guía de su Espíritu. Para esto, cada uno de nosotros
se compromete a ser fiel en asistencia y puntualidad a las variadas
formas en que la comunidad se congrega para alabar y servir al
Señor, para escuchar su Palabra y profundizar nuestra comunión
con él.
Estamos conscientes de que, en virtud de nuestra pertenencia
a la Comunidad Árbol de Vida, somos también miembros
de La Espada del Espíritu, una comunidad internacional
de comunidades. Cada uno de nosotros personalmente, y todos juntos
como cuerpo, nos comprometemos a amar y apoyar a nuestros hermanos
y hermanas en La Espada del Espíritu en todo el mundo,
y a servir con ellos en una misión común.
Como miembros de la Iglesia cristiana universal, nos ponemos
íntegramente a su servicio, deseosos de colaborar activamente
en la obra de restauración que el Señor está
realizando en su pueblo, así como de promover, mediante
una apertura ecuménica, el camino de la unidad que el Espíritu
Santo les está señalando a las diversas iglesias
cristianas. Para esto queremos crecer en fidelidad, conocimiento
y participación en nuestra respectiva iglesia, así
como en una actitud de respeto y comprensión hacia las
demás.
Llamados a ser luz del mundo, anunciadores de la buena noticia
del Reino y testigos de su presencia, y en obediencia al mandato
del Señor, nos disponemos a servir a los seres humanos
mediante la manifestación del amor salvador de Jesucristo,
y a procurar que aquellos que no lo conocen alcancen la salvación
que Dios nos ha dado.
De esta manera, ponemos en común toda nuestra vida ante
el Señor Jesús, y con esperanza y entusiasmo nos
entregamos a este camino que, basado en la fe y realizado en el
amor, nos lleva en gozosa peregrinación hacia la plenitud
del Reino prometido por Dios.
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